Las Pérez: Pasajeras de la Ruta 10

Una historia de familia, pérdida y esperanza. “Historias de ruta” narra cómo Sofi y sus hijas transformaron la adversidad en fortaleza, encontrando en la bondad cotidiana el camino de regreso a casa.

La vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. No conocemos completamente a quienes nos rodean, y mucho menos sus verdaderas intenciones.

Los Pérez eran una familia de la Ciudad de México que, con estudio, dedicación y sobre todo honestidad, construían su futuro y ayudaban a otros a salir adelante. Sin embargo, un día, todo cambió.

Sofi y Eugenio eran novios desde la universidad. Ella estudió Administración y él, Ciencias Políticas. Ella trabajaba en una casa de cambio mientras él se abría paso en una ascendente carrera política en las filas de un conocido partido.

Terminaron la carrera, se casaron y pronto llegaron las hijas: dos preciosas gemelas, Andrea y Amalia.

Sofi pronto se dedicó al hogar y al cuidado de sus dos hijas y la casa. Eugenio estaba dedicado de tiempo completo a sus funciones en la Cámara de Diputados, pues ese año había elecciones y él era el candidato fuerte.

Con el tiempo, todo fue mejorando: una casa bonita, buenas escuelas, viajes familiares, pero siempre cuidando no caer en excesos o derroche. Eugenio no pertenecía a esa clase política alejada de la gente y viviendo de ella.

Eugenio siempre fue discreto en su andar, eso sí, trabajaba incansablemente en propuestas que ayudaran a la gente a salir adelante, «programas útiles» como él los llamaba.

Justo cuando Las Pérez, como las conocían, cumplieron 11 años, todo cambió. Eugenio se había convertido de repente en blanco de acusaciones por desfalcos millonarios y enriquecimiento ilícito. Era algo que nadie veía venir ni era creíble para quienes conocían de cerca su trayectoria.

El día del cumpleaños, Sofi recibió una llamada. Era Antonio, el Secretario Particular de Eugenio y su hombre de confianza. Le informó que Eugenio había sido privado de su libertad por diversas acusaciones hechas por gente del mismo partido. Con las cuentas congeladas y bajo una situación incierta y de persecución, le pidió a Sofi que saliera de la casa con una maleta ligera hacia un lugar donde ella y las niñas pudieran estar seguras.

Desconcertada, Sofi pidió ayuda a una prima en Cuernavaca con quien estaba en contacto frecuente. No podía confiar en nadie más, o al menos eso fue lo que Antonio le advirtió: «No hables con nadie, no te expongas». «Yo estaré en contacto en cuanto pueda, confía en mí», exclamó antes de colgar.

Siguiendo las instrucciones, salieron de casa de inmediato. Abordaron un taxi y, mientras se alejaban, vieron cómo su casa era rodeada por elementos de la policía. El movimiento de salida fue justo a tiempo. Ella no estaba involucrada, sin embargo, prefirió hacer caso a Antonio.

Llegaron a Cuernavaca con muy poco, solo lo que pudieron tomar. Claudia, su prima, ya las esperaba en la terminal Casino de la Selva. En el camino, Sofi habló con sus hijas. Ambas, desconcertadas, escucharon atentas a su mamá, quien intentaba explicarles la situación y darles contención emocional.

Una vez en casa de Claudia, a la altura de la segunda glorieta de La Barona, Sofi pudo desahogarse y confirmar la noticia. Eugenio Pérez estaba acusado de fraude y enriquecimiento ilícito en un proyecto que él confió a su equipo para desarrollar e implementar.

Los días pasaban y la incertidumbre crecía. Claudia, la prima, se mantenía con una tienda de conveniencia muy bien acreditada. Sofi, sin embargo, sabía que tenía que hacer algo para generar ingresos.

Claudia le platicó a una vecina, que era Gerente de una tienda de autoservicio, si había oportunidad de un trabajo para Sofi. De inmediato la mandó llamar y le ofreció el puesto de cajera en el turno de la tarde. Le quedaba muy bien, porque las niñas podían ir a una escuela pública en el turno matutino, dándole perfecto tiempo para recogerlas y llegar al trabajo.

Había tardes en que si bien le ayudaban a su tía en la tienda, preferían irse con su mamá y la acompañaban en su jornada laboral, mientras ellas hacían su tarea en la banca de los cerillos. Ambas eran muy educadas y agradables. Eugenio les había enseñado a tratar bien a la gente y sobre todo a ser humildes y respetuosas sin importar nada.

Con el paso del tiempo y cercanas las fechas decembrinas, faltaron un par de cerillos una tarde. Ellas, sin pensarlo, empezaron a empacar en las cajas. Era algo que les divertía y distraía de la situación.

Para esto, ya habían pasado 5 meses. Las noticias del caso de Eugenio no eran alentadoras. Antonio, el hombre de confianza de su marido, estaba desaparecido y ella solo sabía lo que los medios publicaban.

Las Pérez, desde el primer día, se pusieron a empacar. Para los clientes era muy peculiar verlas en la caja, siempre saludando y pidiendo permiso para empacar las compras. Su aspecto y educación hacían la diferencia, pero no el trato de ellas hacia los clientes. Siempre respetuosas y amables , con el paso de los días, se habían convertido en las empacadoras estrella de la tienda.

La rutina había cambiado: caminaban a la escuela y, al salir, Sofi les llevaba una bolsa con su cambio de ropa y algo de comer. Abordaban a diario la Ruta 10. Gracias a su simpatía y amabilidad, rápidamente se hicieron conocidas en la ruta. Tanto así que en las noches de regreso, los choferes se detenían justo en su bajada e, incluso, a veces tenían que despertarlas a las tres. Esta situación les causaba mucha risa y, apenadas, daban las gracias mientras se despedían riendo.

Los meses pasaban y las noticias eran cada vez más escasas. Parecía que el caso ya no era noticia y los medios dejaron de comentar al respecto. Todo indicaba que tendrían que seguir con esa nueva vida, de la cual no se quejaban, pero guardaban esperanzas de que su padre estaba bien.

Una tarde, saliendo de trabajar, abordaron su ruta. Para su sorpresa, el chofer exclamó: «¡Bienvenidas, las estaba esperando para irnos directo a la posada de la Ruta 10!». «Son nuestras invitadas de honor».

La posada era muy cerca de casa de Claudia, en un taller mecánico de las rutas. Sin dudar, fueron y convivieron con las familias de todos los que integraban la Ruta 10. Las Pérez se encontraron con amigos de la escuela y se divirtieron tanto que por un momento su tristeza se desvaneció.

Días antes de Navidad, le pidieron a Sofi doblar turno, por lo que no tuvo más que aceptar. Andrea y Amalia ya estaban de vacaciones, pero su tía Claudia las acompañaba a la parada de la Ruta 10 para que por la tarde fueran a hacer sus labores en la tienda. Finalmente, los choferes las conocían bien y las cuidaban en su trayecto hasta llegar con su mamá.

24 de diciembre, Nochebuena. Sofi llevaba ya más de 8 horas trabajando y lo hacía con gusto. Sabía que tener un ingreso extra aseguraba que pronto pudieran buscar una casa mientras recibían noticias de México sobre Eugenio.

Claudia estaba atendiendo su tienda y dándose tiempo de preparar algo para la cena de Navidad. El horario de Sofi y las niñas se extendió por la cantidad de gente. Nadie se quejó; las propinas fueron tan buenas que lograron comprar regalos para todos.

Salieron de la tienda justo antes de la última ruta. Don Juan, el chofer, se sorprendió de verlas a esa hora.

«¿Qué hacen todavía por acá?», exclamó. «Ya las hacía celebrando la Navidad. Suban, vamos, ya es tarde y el niño Dios seguro les traerá algo especial».

Las tres sonrieron y, aunque cansadas, tomaron sus asientos. «¡Gracias Don Juan, Feliz Navidad!».

Sin más, abordaron la unidad. El día y sus labores las habían distraído, sin embargo, el no tener noticias de Eugenio las entristecía. Era la primera Navidad que no estarían juntos para celebrar. Se abrazaron y quedaron profundamente dormidas mientras la ruta avanzaba.

Don Juan las miraba por el retrovisor y estaba pendiente durante el trayecto.

En su habitual parada, Don Juan las despertó para indicarles que ya tenían que bajar. Las tres agradecieron y, aún medio dormidas, bajaron. Le desearon de nuevo Feliz Navidad y le agradecieron.

Al bajar, notaron en la calle un movimiento inusual. Había mucha gente y solo lograron ver una torreta de una patrulla encendida. Pensaron que algo malo había pasado en la tienda de Claudia. Sofi agarró de la mano a Andrea y Amalia y avanzaron hacia la casa.

Una patrulla y una camioneta con escoltas estaban justo enfrente. Pensaron lo peor en ese momento. Les abrieron paso y entraron de inmediato. «¡Todo estaba en silencio! ¡Claudia, Claudia, qué está pasando!».

De una habitación, envuelto en penumbra, salió un hombre sosteniendo una vela encendida.

«¡Amor, niñas, soy yo, he vuelto!».

Paralizadas, las tres se voltearon a ver, impactadas por lo que estaba sucediendo. Bien dijo Don Juan, el Niño Dios les tenía una sorpresa.

Todo estaba resuelto y de vuelta a la normalidad. Una conspiración contra Eugenio los había separado. Todo estaba aclarado gracias a Antonio: se comprobó que no había delito que perseguir.

Bien dicen. No conocemos completamente a quienes nos rodean, y mucho menos sus verdaderas intenciones.

Historias de ruta

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