Osvaldo, mejor conocido como “El Muñeco”, tiene 45 años, mide 1.85 de estatura, es soltero, de tez morena clara y ojos azules. Es originario de un poblado al sur de Morelos, justo en los límites con Puebla, una tierra regida por usos y costumbres. A ciencia cierta, nadie conoce bien su origen, solo Lupercio, su hermano de vida, con quien ha vivido desde que llegó a la Capital del estado siendo un adolescente.
Buscando ganarse la vida, El Muñeco se acercó a los camiones de las «Rutas» desde muy joven. Poco a poco se ganó la confianza de los choferes, quienes lo apoyaron y le enseñaron todo lo que sabe. Aseguran que es el mejor chofer de todo el estado: respetuoso con la gente y los automovilistas, nunca ha tenido una infracción ni un percance. Su buena apariencia y actitud al volante lo hacen una figura inusual. No es raro ver a señoras y mujeres jóvenes subirse a su ruta, y en ocasiones, incluso le piden fotos.
¿Qué historia guarda El Muñeco que solo Lupercio conoce, un secreto que ha guardado fielmente hasta el día de hoy que todo se ha destapado…?
Lupercio cuenta que, en el poblado de Osvaldo, las leyes se rigen por “usos y costumbres”. Son normas heredadas de generación en generación que nadie debe pasar por alto.
A la edad de 14 años, Osvaldo se enamoró de Altita (Altagracia), la hija menor del Cacique del pueblo. Se veían a escondidas porque las relaciones eran arregladas entre las familias, y Altita ya había sido apartada para Andrés, el hijo mayor del cacique del pueblo cercano, un fulano de 30 años que la vio en una fiesta patronal. Ella era de estatura media, esbelta, de mirada fresca, rostro inocente y buenas costumbres, sin duda una mujer que desearía cualquier hombre.
Desde el momento en que Altita fue informada de su matrimonio con Andrés, su vida jamás fue la misma. Sabía que tendría que obedecer a su padre y renunciar por completo al amor de Osvaldo. Esto le partía el alma y la hería en lo más profundo de su ser, pues su corazón pertenecía a otro hombre. Según los usos y costumbres, le daban a la pareja un tiempo para tratarse mientras se hacían los preparativos para la boda. Al principio, Altita buscaba pretextos para no ver a Andrés, quien no solo le llevaba muchos años, sino que era un hombre maleducado, no trabajaba y solo vivía de robarle a los campesinos bajo el auspicio del padre. A escondidas, Osvaldo y Altita buscaban la forma de verse, y en silencio sufrían lo que parecía inevitable: separarse para siempre.
Una noche antes de la boda, Osvaldo se coló a la habitación de Altita por la ventana y le pidió que huyeran, lejos donde nadie pudiera encontrarlos. Él no estaba dispuesto a renunciar al amor de su vida. Altita estuvo de acuerdo, pero cuando huían, alguien los delató. Fueron alcanzados y la historia de amor falleció en ese instante. A ella la regresaron a casa para que cumpliera el compromiso, a él lo encerraron y desde el frío separo escuchó las campanadas de la iglesia; era demasiado tarde.
Un estruendo interminable de juegos pirotécnicos convertía en piedra el corazón de Osvaldo, quien impotente y desconsolado juró no volver a amar a ninguna mujer.
Días después fue liberado y expulsado del poblado. Su familia, sin poder ni dinero, juntó lo que pudo: algo de comida, dinero y la poca ropa que tenía. Se despidieron de él sabiendo que no podría volver jamás. Lleno de dolor, se subió al camión que lo llevó a Cuernavaca, la capital. Ahora, debía abrirse paso y tratar de sanar esa gran herida en el alma. Al salir de la estación, se sentó en la banqueta, desconsolado, sin rumbo y solo.
Fue en ese momento que apareció Lupercio.
—¡Hey, tú! —exclamó— ¿Qué tienes? ¿Te puedo ayudar en algo? ¿Estás bien?
Rápidamente, le ofreció un refresco y le invitó un taco acorazado con Doña Mary en el puesto de enfrente. Lupercio, de su misma edad, era huérfano y trabajaba en la Ruta 2 haciendo mandados, lavando camiones y vendiendo cigarros sueltos. A pesar de su dura condición de vida, era una persona que veía lo positivo en todo, y eso, hacía la diferencia.
Osvaldo, al escucharlo y verlo, sintió paz. Ambos no sabían que se habían encontrado y que, desde ese momento, serían hermanos de vida para siempre.
El tiempo pasó. La herida no sanó, aunque dolía menos. Sin embargo, tenía a su hermano, quien lo apoyaba, y con el tiempo y la ayuda de la gente, salieron adelante. Lupercio se casó a los 20 años y junto con su esposa, Yaqui, pusieron un puesto de comida justo en la base. Todos los días estaban juntos, y cuando llegaron los hijos de Lupercio y Yaqui, Osvaldo fue el tío más consentidor que había, además de ser el padrino de los tres.
Con tenacidad y dedicación, Osvaldo logró comprar un camión con placas para ponerlo a trabajar en la ruta. No había día que no tuviera un mensaje en su parabrisas con lápiz labial, una carta de amor o unas flores. El Muñeco era muy popular, pero se mantenía soltero y era muy discreto con las pocas amigas que se le conocieron. Con el tiempo, pudo comprar dos camiones más, pero nunca dejó el volante. A él le gustaba lo que hacía, y decía que solo algo extraordinario podría bajarlo del camión. Ni siquiera un tránsito o una guapa mujer, bromeaba…
El 12 de diciembre, después de la misa en la base, Osvaldo abordó su unidad para su ruta tradicional. No se quedó al festejo, prefirió trabajar. Al ser un día “festivo”, Cuernavaca había recibido más gente de lo normal y el tráfico era mayor.
De regreso a la base, observó una camioneta detenida con las intermitentes y una llanta ponchada. Un joven estaba bajando una llanta de la cajuela para cambiarla —algo raro en las calles de ‘Cuerna’, donde casi no hay baches. Como ya no traía pasaje y la zona era de alto tráfico (cerca de Tabachines), decidió ayudar y estacionó su unidad detrás de la camioneta para proteger el vehículo.
Descendió del camión y se dirigió a donde el joven estaba cambiando la llanta.
—Buenas tardes —saludó de inmediato— ¿Puedo ayudarle?
—Gracias, ya casi termino, es usted muy amable —respondió el joven.
—De verdad, déjeme darle un buen apretón, no sea que los birlos le hagan una mala jugada y esto resulte peor —insistió Osvaldo.
El joven, agradecido, se incorporó y quedó frente a Osvaldo. Ambos se quedaron sin habla, paralizados, mirándose a los ojos. Osvaldo no podía creer lo que estaba viendo: era él mismo, unos quince años más joven. El mismo color de ojos, tez, cabello, las mismas facciones. ¿Acaso estaba alucinando? No podía comprender cómo era posible. El joven se recargó en la camioneta, también visiblemente sorprendido.
Del interior bajó una mujer hablándole al joven: “Hijo, ¿todo bien? Vamos a llegar tarde”. En ese justo momento, al encontrarse a los dos hombres parados frente a frente, ella se desvaneció.
—Mamá, Mamita, ¿qué tienes? —preguntó el joven.
Osvaldo, al ver a la mujer, sintió un golpe en el pecho, una sensación indescriptible: “¿Será posible?” “¿Acaso un milagro?”. En ese momento, la mujer recobraba el sentido, se incorporó y expresó: “¿Eres tú?”
—¿Cómo es posible? —preguntó ella.
Altita sabía que el secreto no podría ser eterno. Aquella noche que huían, la semilla del amor ya germinaba en su interior.
Historias de ruta…




