Mi nombre es Nidia. Tengo 31 años y dos hijos adolescentes. Recién me separé porque a mi esposo ya no le gustó esto de la familia. Fue mi novio desde el primero de secundaria, mi gran amor de juventud, pero eso no es lo que les quiero contar. Solo quería presentarme y desahogarme un poco.
Ya que no había ingresos, decidí buscar un trabajo y encontré uno en una tienda en Plan de Ayala. Me acomodaba muy bien, pues enfrente de la casa pasa la ruta 13, que me dejaba justo enfrente de la tienda. Mis hijos ya se quedaban solos, pues a su edad incluso ya trabajaban y seguían estudiando; solo me ocupaba de dejarles comida.
Todos los días salía a las 7:30 de la mañana para llegar antes de las 9:00. Cumplía con mi horario y en punto de las 6:00 salía para tomar mi ruta, que me regresaba a la casa.
Tantas veces la tomé, que las caras de los pasajeros ya me eran familiares, y con algunos ya hasta platicaba en el camino. Bueno, incluso me invitaban a tandas y me vendían por catálogo.
Entre todos los pasajeros, siempre venía una señora sentada hasta atrás, aunque en diferentes asientos. Tenía un rostro inexpresivo, con un gesto de cansancio, y pocas veces respondía el saludo. Su vestimenta era sencilla, con un mandil y una bolsa de mandado. Yo calculo que tenía al menos de 75 a 80 años.

Esta fue mi rutina diaria por más de 5 años hasta que nos informaron que la tienda iba a cerrar y que solo trabajaríamos una semana más para hacer el remate de todo lo que teníamos, fue una noticia muy triste, ya éramos más que empleados una familia.
Justo el día de la noticia, al salir abordé mi ruta como de costumbre. Ese día encontré lugar hasta atrás, justo a un lado de la señora que pocas veces saludaba. Pero ese día ella me indicó que el lugar estaba libre y que me sentara. Justo retiró su bolsa de mandado del lugar para darme el paso. Le agradecí y me senté. El tráfico ese día era otro; algo había pasado que Plan de Ayala y Cuauhnahuac era un caos. En fin, respiré y pensé que algo tenía que encontrar pronto porque necesitaba trabajar.
Sin más, empezó a hacerme plática: “Hija, no estés triste, todo va a estar bien. Eres muy joven y viene algo muy bueno para ti”, mencionó la señora.
«Gracias, es muy amable», pensé. Y pues ya le conté lo que estaba pasando y hasta un poco de mi vida. Me dio tanta confianza que la plática hizo que el tráfico no se sintiera en lo absoluto y me di cuenta de que ya tenía que bajarme. Me levanté, le agradecí y me fui a casa. Su plática me calmó e hizo sentir mejor.
Durante esa semana, todos los días platicamos. Ella apartaba el lugar con su bolsa, que por cierto solo traía una bolsa negra adentro con algo… Llegado el día, la tienda cerró. No pude contenerme cuando vi la cortina de metal caer y me despedí de mi familia, grandes personas con quienes compartimos muchas horas día a día.
Ahora comenzaba una nueva aventura. Por dedicarme al cierre y por un poco de tristeza, no había podido buscar empleo. Finalmente, la liquidación que nos dieron me ayudaría al menos un mes para buscar con calma.
Abordé sabiendo que era mi último recorrido de la tienda a mi casa. Al subir, saludé al chofer y en ese momento, Doña Carmelita me hizo una seña con la mano indicándome que ya estaba mi lugar listo para compartir una buena plática. Ella sabía que no habría más tardes por compartir. Quitó su bolsa y tomé mi asiento. Justo arrancando la ruta me comentó: “Hija, es momento de que tu vida cambie. Mírame a mí, he estado aquí por años. Estoy cansada pero muy contenta de haberte conocido. Yo no tomaré más esta ruta, bendiciones para ti y tu familia”. Se levantó y se bajó, cosa que nunca había sucedido; ella siempre seguía después de que yo me bajaba. Nunca le pregunté dónde vivía o qué hacía. Era tan agradable su plática y me daba tan buenos consejos que pasé por alto hacer preguntas.
Sin más Doña Carmelita se bajó y se despidió tomando mi hombro, sentí tanta paz y agradecimiento que solo la mire y lo único que pude mencionar fue, que Dios me la bendiga siempre.
Al bajarme, tropecé con la bolsa de Doña Carmelita y, sorprendida, la tomé. Me apresuré a bajarme. No sabía qué hacer con ella, pesaba bastante, y pues caminé a casa. No abrí la bolsa por respeto y me dije: “Mañana voy a la base y pregunto a los choferes si reconocen a la señora y dónde se bajaba, como para ir a buscarla y regresarle su bolsa”
Al día siguiente fui a la base; no llevé la bolsa para no cargar, realmente estaba pesada. Es más, no sé cómo Doña Carmelita la aguantaba. Confieso que tenía curiosidad de ver qué traía, pero no lo hice.
Ya en la base, algunos choferes (la mayoría) me reconocieron y amablemente me preguntaron qué si necesitaba algo. Les comenté que el día anterior una señora que siempre viajaba en el mismo horario había olvidado su bolsa y que quería preguntarles si la reconocían y dónde se bajaba, como para ir a buscarla. Me pidieron que la describiera y conforme les iba platicando, me interrumpieron para llamar a otros choferes.
Cuando terminé de describirla y contarles la historia, su cara era otra. Todos estaban sorprendidos, hasta como asustados. Les dije: “¿Qué pasó?”. Y uno de los choferes, un señor ya mayor, comentó:
“Señora, Doña Carmelita… ella lleva quince años sin tomar esta ruta.” nuestra eterna pasajera, siempre amable y dando excelentes consejos, ella viajó más de 30 años con nosotros todos los días, era viuda sin familia y toda su vida se dedicó a trabajar en la limpieza de una casa, de esas familias adineradas de antes aquí en Cuernavaca, cuando me tocaba la ruta a la hora que ella subía siempre la saludaba, subía cansada y con una bolsa de mandado, cuentan que cargaba su dinero que junto por años, no confiaba en guardarlo en el banco o dejarlo en su casa. Les di las gracias y sorprendida de la historia me fui a casa, lo que había vivido excedía mi imaginación. Yo platiqué con ella, era real.
Sin dudarlo y un poco espantada la verdad, decidí abrir la bolsa y para mi sorpresa confirme lo que Doña Carmelita me dijo ese último día en la ruta “Hija es momento que tu vida cambie” para mi sorpresa, la bolsa negra estaba llena de dinero y si, mi vida cambió desde aquel día y no dejo de pedir por su eterno descanso y cada año en el altar de muertos, colocamos la bolsa porque su imagen solo está en mis recuerdos.
Historias de ruta…





Que bella historia, me deja una sensación de paz y de mirar alrededor la magia que hay entre nosotros y que muchas veces nos perdemos.
Increíble historia que no dudo que sea cierta Que además nos da la esperanza de que algo similar no suceda, por qué no? el universo se encarga a veces de darnos sorpresas inesperadas Y de retribuirnos lo que muchas veces sentimos que perdimos!
Me hizo pensar, me encantó